
Una vez más Zapatero -el iluminado- avergüenza a su gente. Sin aviso previo, sin debate, anuncia en un pleno extraordinario, a tres meses de unas elecciones generales en las que él ya no participa, que ha pactado con la derechona española, -a instancias de la gran derecha europea-, una reforma constitucional por la vía rápida, vergonzante, para fijar un tope a la capacidad de endeudamiento del país, con el riesgo que ello conlleva de hacer inconstitucionales eventuales esfuerzos futuros para limitar los recortes sociales que el "liberalismo" nos vaya imponiendo. Rubalcaba, que había ridiculizado esa estrategia, queda ahora en ridículo, y se tiene que tragar el sapo que suelta su -aun- señorito. Rajoy se frota las manos: "yo ya lo dije", dice, y los socialistas, -los honestos y los deshonestos -menos Bono, claro es-, pues todos van al mismo hoyo-, no saben donde esconderse para digerir tanto oprobio. Lo que no se ha hecho para igualar a hombres y mujeres en el derecho de herencia de la jefatura del estado -por miedo a que se reclamase igualdad en ese derecho no de herencia, sino de acceso, para todos los ciudadanos, o sea república-, ni para reformar el senado, enumerar a las autonomías o nombrar a Europa -puntos que el iluminado había prometido abordar- se hace ahora de prisa y corriendo para satisfacer a quienes mandan. Los socialistas están avergonzados, pero esa vergüenza en realidad se extiende a todos. Es de esperar que al menos se exija un referéndum para avalar esa cacicada.