Sin juramento me podriais creer que quisiera que este blog, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. Y, así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno?
Estos dos chicos son de la misma quinta. Se cuidan, porque se dedican al espectáculo, y se conservan bien. Van al gimnasio, se dan rayos UVA... pero las cuerdas del pescuezo les traicionan, les delatan. Ahí se les nota todo.