En una ciudad castellana sorprenden al viajero las numerosas huellas de disparos en muchos de sus edificios. Cada ventanuco, cada rendija de las torres de la catedral susceptible de ser usada como tronera está literalmente festoneada por los agujeros de las balas. Era temprano, llovía y la ciudad estaba sola.
Pregunté a un transeúnte que a qué se habían debido aquellos disparos. "No sé", respondió rápido y evasivo. "¿No es usted de aquí?, pregunté, "Llaman mucho la atención..." "No sé, cosas de la guerra serán...". ¿Y quienes estaban dentro?". "Yo era un chiquillo, apenas tenía seis años...". "Gracias, buenos días". Respeté sus evidentes deseos de no hablar del tema.
Luego supe -el propio panel de información al visitante dice que la catedral resultó muy dañada durante la guerra-. Llegué a saber que en los primeros días tras el golpe uno de los dos bandos se hizo fuerte en el edificio, que fue asediado. Quienes cuentan sin miedo las cosas de aquellos días dicen que el obispo, -juzgado y liberado-, fue detenido de nuevo poco después, y con el pretexto de su traslado a Madrid fue sacado de la ciudad, torturado -castrado, dicen-, ejecutado y quemado -aun vivo, según algunos testimonios-. El transeunte al que pregunté parecía querer dejar claro que él no había sido...
