El diestro despacha el trámite con limpieza; el animal, malherido, con el hierro en sus entrañas, desgarrándole corazón y pulmones a cada conato de embestida, se desploma. El puntillero falla el primer intento; en el segundo le secciona parcialmente la médula, el animal pierde las manos, pero aún trastabillean sus cuartos traseros, y el rabo espanta moscas imaginarias de manera refleja; el tercer intento ya deja al bicho tetrapléjico, pero aun advertimos en él un perplejo parpadeo; después del cuarto tajo profesional -no es ensañamiento- todavía le quedan seguramente unos segundos de consciencia. Cuando el alguacil corta para el diestro las merecidas orejas, quizás el bruto aun se apercibe. Un pueblo capaz de contemplar todo esto entre risotadas, está preparado para todo.
Y hablando de muertes dignas, por si fuera poco, vuelve Don Rouco. Como para irse de vacaciones.