
Hace pocos días explotaba la noticia de la agresión sexual -presunta- del Presidente del Fondo Monetario Internacional y candidato a Presidente galo a una camarera de hotel. El imperio ruso se acabó de hundir cuando Yeltsin comenzó a pellizcar abiertamente el culo de colaboradoras y secretarias. Hoy conocemos que la agresión sexual es moneda corriente entre las élites de los países europeos de más rancio abolengo, como es Francia, o la Italia de Berlusconi. No ocurre solo entre célibes eclesiásticos.

Se van perdiendo los valores y las costumbre se relajan. Seguro que ya ninguna mujer europea prelava a mano, con norit, los gayumbos de su marido para que luego salgan bien limpios de la lavadora, ni le corta las uñas de los pies, deformadas por los hongos, y le depura las bolitas interdigitales mientras el fuma con los ojitos entornados. Eso ya no ocurre. Ahora ellas trabajan fuera por menos del salario mínimo interprofesional, y ellos andan agrediendo a las camareras o a sus secretarias.

A lo más que llega nuestra sociedad es a diseñar gayumbos pre-cagados y pre-meados para que los palominos destaquen menos. Todos hemos visto en las películas cómo mientras los ciudadanos romanos se entregaban a orgías, degustando voluptuosamente las uvas, tumbados en el triclinio, los bárbaros del norte iban entrando, con todos sus valores intactos. No sé si ahora los bárbaros y sus valores vienen del sur. De eso entiende el Fedeguico Party. Quede esta reflexión para meditar durante el fin de semana.